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ISSN 1989-4163

NUMERO 43 - MAYO 2013

La Unanimidad: un Cuento de la Abuelita Elvira

Ángela Mallén

Cuando yo era una niña, el mundo era tenebroso, gore, casi surrealista. En aquellos tiempos, el Mandamás no tenía opositores, ni enemigos, porque todos estaban muertos o exiliados o callados. Vivíamos en un país en silencio, desmotivado y aislado. En tierra gris. El Mandamás, su cohorte y sus adeptos exterminaron la libertad de pensamiento y de acción. En el poder había una estirpe de hombres viejos, severos, melodramáticos y oscuros. No había ninguna mujer. No había sonrisa y no había piedad.

En mi colegio, en cambio, sólo había niñas y profesoras. El único hombre que nos visitaba era el cura para enseñarnos religión. Era un hombre que siempre estaba enfadado. Hablaba con desprecio de los “ignorantes” que no conocían al verdadero Dios. Las madres nos decían a los hijos: “no hables con nadie de política”. No aceptéis consejos ni caramelos. Todos sentíamos miedo de algo inconcreto. No sabíamos qué nos causaba temor.

No teníamos muchas diversiones. Los niños jugábamos en la calle sin gritar ni correr, los mayores paseaban. Los domingos íbamos al cine. Las películas estaban tan censuradas que no podías comprender el argumento. Y antes de empezar la película había un noticiero de propaganda del régimen. Muchas películas no se podían ver en nuestro país, como por ejemplo “El gran dictador”, de Charles Chaplin, o “Viridiana” de Buñuel, o las de contenido erótico, como “Enmanuel” o “El último tango en París”. Quienes querían ver esas películas cruzaban las fronteras. La censura literaria también era muy fuerte, sin olvidar los textos de las canciones. Existía un comité nacional de censura.

En las escuelas aprendíamos que nuestro país era el país más importante del mundo. No sólo entonces sino siempre, eternamente: en los tiempos de Colón, de los Reyes Católicos, de Felipe II o de El Cid Campeador. El mundo estaba lleno de enemigos malos y tontos y, en el centro: nuestra unidad de destino, el paraíso de los héroes justos. Por eso había que darle gracias a Dios, cantarle en el mes de Mayo a la Virgen María Madre de todos y, una vez al año, repartir nuestra caridad entre los pobrecitos que tenían unas casas tan feas, los enfermitos que no tenían medicinas, los viejecitos que no tenían ahorros. Ese era el Día de Domund.

Éramos discretamente felices hasta que cruzábamos la frontera y las carreteras se volvían repentinamente nuevas, brillantes y señalizadas con flechas blancas. Los pueblos empezaban a parecerse a los cuentos, sin arrabales ni bloques feos ni chatarra por medio. La gente no tenía la cara de mala uva que nos imaginábamos: cara de Robespierre, Lenin, Mao, etcétera. Entonces empezábamos a sentirnos incultos, torpes y confusos.

En los últimos años del régimen comenzaron las revueltas estudiantiles. Pero se creó una policía muy represiva que iba montada a caballo y atacaba a los estudiantes en las manifestaciones. A estos policías se les llamaba “los grises” porque iban vestidos con un traje completamente gris.

Mis padres contaban historias de la guerra. Fue una guerra entre hermanos, muy cruel. Todos sufrieron. Algunos todavía sufren, como por ejemplo quienes no saben dónde están enterrados los cadáveres de sus familiares.

“El régimen” no trajo nada bueno para nuestro país. Algunos dicen que al menos había paz y tranquilidad. Pero eso es falso, porque la paz y la tranquilidad no deben fundamentarse en la represión y en la injusticia. Un país no debe convertirse en la quimera de un grupo de iluminados.

Tuvimos que hacer cursillos acelerados de lenguas extranjeras para poder leer la realidad no traducida y reducida al maniqueísmo español. Tuvimos que superar complejos, destruir vínculos y romper espejismos. Son procesos dolorosos. Comprendimos que España no era el paraíso sino un lugar en la tierra. No éramos los mejores y teníamos el derecho a no ser los peores. Un derecho sencillo pero valioso.

La unanimidad en los tiempos del Mandamás fue una tergiversación para constreñir, no para conseguir la concordia y la fraternidad. Fue una manipulada programación neurolingüística para sedarnos y teledirigirnos. El resultado fue un país pintado de gris y un pueblo como una compañía de guiñol.

Luego conocimos todos los colores. Todos los programas.

Pero esa es otra historia. Ahora duérmete, cielo, que mañana tienes Junta Directiva.

 

 

 

 

La unanimidad

 

 

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